Más atrás: El tocar fondo y abajo. La crisis total, la pérdida, el duelo. Los dolores.
El rechazo, la soledad, la traición, la herida. El puñal.
El miedo, la angustia, el llanto, la incomprensión. El shock. La frustración. La muerte.
La mente. Lo trágico, lo mortal. Lo inaceptable, lo no dicho. Lo increíble. Lo insuperable.
Lo peor de la vida.
Después: Lo primero, el tomar. La raíz. La reconexión. El reset. El empezar a jugar.
El miedo. El deseo, el miedo. El llanto, la angustia. La fuerza y la bronca.
La bronca y la fuerza.
El activar, el explorar, la vida, el arte. Los vicios. Las noches. El insomnio.
El pedir, el recibir.
Después de lo anterior:
Los límites. EL Dar. El querer bien y querer mal. Las decisiones, las renuncias.
Los viajes por dentro, los viajes por fuera. El interior. La hoja en blanco.
Las amistades. Los astros. Los miedos. La fuerza la necesidad.
La necesidad, la fuerza. El andar. El elegir. El soñarme. El aprenderme.
El desearme. Lo erótico. El cómplice, la testigo. Lo cómico. El llorar.
La memoria, las fotos. El recordar. El subir y bajar. El cuerpo.
El descontrol y la descontractura. El ser.
Después tal vez: Las calles el arte, el ser y no ser. El teatro. El aire.
La fuerza, lo invisible. Lo invisible, la fuerza. La intensidad. Lo liviano.
Lo super sutil y lo más terrenal. El número siete. La pluma. Lo liviano, lo liviano.
Abrir y cerrar.
Expansión.
Los acompañantes. La creatividad. Las puertas abiertas. Las nubes, la risa.
La creación. La niña, la mujer. Los jueces, el disparate, el contrasentido.
El palo santo. La pirámide dorada.
© Andrea Foco
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