En un espacio. No sé cuánto puede medir, quizá milímetros.
Es una rayuela, los números, lo conocido, uno, dos y tres… Me entretengo cuando, lo admito, la piedra avanza por el cinco o el seis o el siete y cuesta más centrarse en los cuadrados finales, por ejemplo, del número ocho o del nueve. Igual que equilibrarse en una pierna se va haciendo más complejo y así es el juego.
La conmoción de la amplitud del cielo que sigue al nueve y de dejar en libertad a la tensionada puntería, es, en apariencia, un alivio. Como lo es por fin, apoyar el peso de las dos piernas en la nube de tiza. Lo triunfal del cielo y de todo el cuerpo al fin recuperado es, por lo menos, un festejo, un ciclo cumplido.
Es, definitivamente, una mentira. Digo, el cielo.
Me puedo dar cuenta de eso cuando las partículas de materia que forman la nube, lentamente al principio, se van desarmando.
No llega a incomodar la situación, ya que hay espacio nuevo y se puede mantener la estabilidad al mismo tiempo.
Pero en seguida, de manera abrupta, ese tejido vaporoso se desfleca por todos los bordes, lo firme es pequeño y corre peligro. Hilos de nubes caen al precipicio, de quizá, muchos kilómetros de profundidad; imposible saberlo con certeza desde la nube en donde estoy. Que miedo me da que el agua encapsulada quiera lloverse por completo, pero ese es otro tema. Aunque suma recapacitar en que la nube sea, evidentemente, agua.
En segundos, la trama está casi suprimida a dos o tres hilos que fuertemente resisten, fuera de toda lógica.
Son una fuerza mandada por mí misma a no soltarse, y esa fuerza ya no me obedece. Ya está instalada, por mis pensamientos, y por las ideas de mí que tienen desde los que habitan otros cielos estables de por vida, o los que están empezando la rayuela, hasta los que están juntando las monedas para comprar las tizas.
Creo, dolorosamente, que no puedo volver al juego, ¡si tan solo lo hubiese hecho con más números! No sé, cientos…
Con culpa me arrepiento, al ver restos de polvillo blanco en mis manos, de haber hecho esa tabla en el piso, haber buscado el tamaño y peso justo de una piedra y darle inicio, yo misma. No quiero seguir pensando que fui yo, otra vez, la que le puso el cielo al final para que un día se termine este juego.
A mis espaldas la brisa se llevó los trazos de mi rayuela mientras miraba para cualquier lado en este cielo ambulante, ¡acaba de pasar! Ahora me voy alejando del resto de la estructura de rayas y numeraciones.
Pero sin embargo, es lo único con lo que cuento por más que ya se haya borrado, por lo menos fue mi obra; y una vez más, algún día, tal vez mañana, o en unos minutos, empezaré a dibujar otra vez algo, como lo hace todo el mundo.
Un viento desconocido me puede seguir alejando en esta nave de restos de lluvia y hacerme embarcar en cualquier naufragio; si así fuese, ¡que horror! ¿podría terminar perdida en la ceguera de un océano oscuro?
O puedo, no sé, con mis uñas y dientes rasgar esos hilos tercos y dejarme caer. Algo bueno tiene que pasar.
O esperar que simplemente decante, aguantar entre el vértigo y la intemperie y confiar en este holograma. Pero esperar… ¿cuánto más?
Tal vez si apoyo más peso de un lado, finalmente la disposición de los hilachos no lo resista, y se quiebren al fin.
Intento no manejar información de metros de caída, quizá solo sean un par de milímetros.
© Andrea Foco
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