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lunes, 9 de enero de 2012

El cóndor pasa.

Muchas veces confirmo el poder de evocación de la mente. Cuando somos capaces de remontarnos a otro tiempo y otro espacio. Y los sonidos, aromas o paisajes encierran en sí mismos algo más; su superficialidad se quiebra y aparecen, agrietándose detrás, destellos que brillan como acontecimientos únicos.
Esperando el colectivo que me lleva de Funes a Rosario, tuve un experiencia que alguna vez Deleuze la denominó “acontecimiento”. Algo se le escapa al Cronos, al tiempo cotidiano, apareciendo un tiempo y en espacio desde el continuom espaciotemporal del Aión.
De repente comienzo a oír, muy lejanamente, un sonido del viento, algo que sólo el aire es capaz de transmitirlo, sin la intervención de ningún instrumento. El eco venía de cuatro o cinco cuadras. Era “El Cóndor pasa”, una melodía tan mía, un verdadero acontecer.
En ese instante algo se activó en mi mente, comencé a viajar en el tiempo, hacia el pasado, mientras tanto esperaba el colectivo. Pensé en cuántas veces hacemos esto inconciente, sin la posibilidad de vivenciar otra realidad.
Experimenté varias evocaciones, por ponerle algún nombre a estas sensaciones, de otros sitios y horas. Primero, me dejé llevar hacia mis primeras clases de guitarra, donde aprendí el punteo de esta melodía. A partir de ese día y aún abandonando la guitarra, jamás se me borró de mi mente. Esos acordes se me grabaron y evadieron el olvido, lugar común de tantas experiencias.
Pero este recuerdo fue tan rápido que apenas pude distinguirlo, el cantar de los pajaritos llenó mis oídos de su agudo, y aún sobreviviendo, allá debajo de mis sentidos, siguió pasando el cóndor. Mi mirada se entretenía en la levitación en el aire de estas aves, ese mismo aire que transportaba el eco de la canción y el eco más viejo de los recuerdos.
Rápidamente recordé una experiencia más reciente, unos meses atrás, en un lago de Venezuela llamado Río Verde. Un fin de semana de paseo junto a otros argentinos extraditados hacía más de 20 años me demostró que lejos o cerca son sólo conceptos mentales. Tomé la guitarra creyendo que estaba sola, y contemplando esa enorme agua con el ochenta por ciento de pureza, comencé a juguetear con el punteo del cóndor que pasa. En ese momento, desde una hamaca paraguaya, alguien que no había percibido, me dice “-Ese es el Cóndor pasa”. Me lo dice y luego se hace al silencio. Este silencio se hizo suyo todo lo que rodeaba en ese lugar, irrumpió la totalidad. Más adelante, esta voz me dice que es de Bolivia, de Santa Cruz. Imaginé sin quererlo sus posibles evocaciones, quizá una cuenca rodeada de nostalgia, unas montañas borroneadas por el paso del tiempo, un indígena entre sentimientos de felicidad y de tristeza, una familia, una escuela, una bandera desteñida y un tejido multicolor, un exilio, una ida tajante, unos regresos confusos.
Sintió tan cerca su tierra como un abrazo, lo pude concebir. La virtualidad es una forma de pensar, que a veces hace bien y a veces mal, se jacta de la fusión de los sentidos para transportarnos por medio de la imaginación. A veces se cree que la fábula y lo imaginado no son partes reales de la vida, sin embrago creo que es tiempo de concebirlos como reales y empíricos también.
Todos estos raccontos duraron siquiera un minuto según mi Cronos. Pero en el Aión sólo dibuja sus retazos el fluir constante, y se rescata, como tiempo en las manos, el acontecimiento. Chispa que dispara y sale del continuom, devenir que va y va…
Mi última visita virtual fue hasta Iruya, Salta. Pueblito entre altas montañas, en sus aires bailan enormes cóndores que planean al compás de las ráfagas, las mismas que acarician un amplio cielo con olor a torta asada, a guiso de llama y a empanadas. Iruya, las montañas más empinadas que jamás conocí.
Recordé el vuelo de los cóndores tan encima mío, sus gigantes alas y mi pequeño miedo, su composición en plumas, su presencia en ave más grande de la especie. Quise volar, lo deseé con tantas fuerzas, pero de vuelta me encontré de pie viendo al colectivo viniéndose, quién sabe, quizá de Venezuela o de Salta, quizá de Los Molinos.
El cóndor pasa, así nomás, el cóndor fluye, deviene animal, deviene devenir, deviene en su nacimiento un culto, sobreviene de un ave-dios, de una espera que se vuelve bendición. Nace en la cordillera sudamericana, un cóndor que deviene en latino, en quechua, en sureño, en viaje de ida.

El Cóndor pasa, la melodía que no tiene fronteras, espacios, dimensiones, tiempo, ni siquiera color. Solo deja la sensación y se va volando. 2009, Funes.
© Andrea Foco

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