Sin dudar un minuto, el Inspector-Jefe Taborda tomó la faja de billetes de la mesa con sus manos gordas. Era una suma importante ya que después de varios arreglos había logrado incrementarla. Si pasarse de bando era para muchos un hecho de corrupción, para Taborda lo que contaban eran los números y no tenía miedo a quedar pegado simplemente porque no le tenía miedo a nada.
Con 40 años de carrera, Justo Piccolino estaba harto de los sueldos pobres, de las mínimas migajas que el estado invertía en su persona. No había conseguido ni un solo reconocimiento de su trayectoria, desde sus comienzos en el año 20 como el joven cadete de la comisaría, hasta hoy, febrero de 1960, cuando se desempeña como cadete experimentado en asuntos de la inspectoría. Encima, el pobre Justo sentía un dolor justo en el pecho, que tras consultarlo con el médico del pueblo, éste le dijo que no correspondía con ninguna patología, que era más bien causa de la psicología, esa palabra rara que comenzaba a escucharse en el pequeño poblado. Pero que aún así dejase de fumar.
Ya en su casa, tendido sobre la cama y rodeado del humo del tabaco que encendía uno tras otro, Justo pensó en su vida, en la soledad, en su trabajo monótono, en su estancamiento; y en otras tantas cosas pensaba cuando, de repente, su cuerpo se sacude violentamente, sus ojos giran hacia atrás y su boca comienza a balbucear algunas cosas en un lenguaje indescifrable. Después de unos minutos, Justo vuelve, se podría decir, a la normalidad, toma un cuaderno del cajón de la mesita de luz y comienza a escribir rápidamente, con una velocidad por fuera de lo habitual.
Al día siguiente, cuando Justo llega a la comisaría, su Jefe, el Inspector-Jefe Taborda lo llama a su despacho e invitándole a tomar asiento le dice:
-Tengo que darle una feliz noticia, Sr. Piccolino – le dijo mirándolo firme a los ojos un poco bizcos de Justo- O más bien dos noticias.
-Lo escucho, Señor –dijo Justo con susto y atento al tono de voz que escuchaba por primera vez.
-Bueno, desde hoy, y tras una consideración de su experiencia en la Inspectoría, de su… -Taborda pensó en qué palabra usar- bueno, de su capacidad resolutiva en variados ámbitos, Ud. Señor Piccolino, desde hoy es el “Inspector Piccolino”.
La secretaría que estaba sirviendo el café en ese preciso momento, creyó que lo que sonaba en sus oídos era más bien un chiste, conociendo al viejo Picco y sus problemas, su capacidad inferior, su tartamudeo, sus diálogos alocados… ¿cómo podía ser Inspector, si cada dos por tres se queda dormido en el sillón y comienza a temblar, a decir palabras raras y a escribir como un demente mensajes, que Picco le contó, se los transmiten desde un planeta extraterrestre…? Si el pobre Picco está ahí, porque no puede hacer otra cosa que no sea mandar cartas –pensaba la secretaria-.
-Y la segunda noticia es que –el Inspector Taborda aguardó unos segundos hasta que se retiró la secretaria- tiene una misión que cumplir.
Justo, por más que era tonto, no era tan tonto para no pensar que quizá no estaba a la altura de las circunstancias, pero aún así acepto las dos noticias y comenzó su labor, consistente en descubrir (y eso sí que era importante, no es lo mismo investigar tal cosa que descubrirla) quién es el ladrón de las cucharitas de los bares del pueblo y por qué misteriosa razón se dedica a ese hurto.
Al mismo tiempo, el Inspector-Jefe Taborda, le informa a la Dirección de Inspecciones Generales que ya está en marcha la misión por la que tanto habían reclamados vecinos y lugareños, y que hasta dicha Dirección había presionado para que Taborda apure un poco las cosas para que se resuelva el misterio de las cucharitas.
Durante treinta días, Justo se dedicó a visitar los bares, a hablar con los mozos y cajeras de los negocios y a estudiar la zona. Más de una vez, sin ganas de tomar café, tuvo que hacerlo obligado, no vaya a ser cosa que se le escape algún dato trascendente. En verdad, las cucharas seguían desapareciendo. Sin embargo, Justo se mantuvo al mando de esta operación secreta que su jefe Taborda le había encomendado.
Cada dos por tres, Justo se dormía en los bares y los extraterrestres se comunicaban con él; y por esta razón, pensó que los ladrones utilizaban esos minutos para robar las cucharas e irse disimuladamente. En fin, variadas hipótesis, y no de las más racionales, pasaban por la estrechez deductiva del nuevo inspector.
Llegada la noche, Justo se prepara de cena una sopa de verduras y fideos. En eso estaba cuando de repente sintió entrar en trance otra vez, pero, misteriosamente, esta vez seguía despierto y revolviendo la sopa. Miro dentro de la olla y comenzó a ver como los fideos municiones se disponían de manera especial alrededor de la cuchara que usaba para revolver, de manera que estaba siendo receptor de nuevos mensajes extraterrestres. En seguida, tomo una hoja y escribió LAS CUCHARAS SON ROBADAS PARA HACER UNA CUCHARA MÁS GRANDE, UN CUCHARÓN GIGANTE, NA.
El Inspector Justo Piccolino, alentado por el mensaje de la noche anterior, comenzó a dar vueltas la frase que los extraterrestres (conociendo la misión en que estaba metido) le habían pasado, y dedujo que un “cucharón gigante” sólo podría hallarse en las afueras de la ciudad y le agradeció a “Na” el dato. Buscó en el basurero, en el cementerio y en un campo cuando de repente se quedó dormido. Esta vez directamente un ser de otro mundo lo tomó de las manos llevándolo a unos kilómetros más al oeste. Despierto y agotado por el viaje, Justo observó que a su alrededor había unos tapiales que cercaban alguna construcción. Miró el suelo, y vio unas cucharitas metálicas entre el polvo.
El teléfono del Inspector-Jefe Taborda sonó en la oficina de la comisaría. Al levantar el tubo, la voz del guardia le dice:
-Problemas en zona cucharón, cambio y fuera.
-¿De qué tipo?-pregunta Taborda.
-El sonso de Piccolino se haya en las inmediaciones de la entrada- dijo el guardia.
-¡No puede ser!-gritó Taborda con toda la furia-, ese estúpido no puede llegar ni siquiera al quiosco y encontró el lugar, ¡no pueder ser!, ¡imposible!- siguió gritando.
Al cabo de unos segundos y ya recuperado el aire, el Inspector-Jefe Taborda ordenó que amablemente le digan a Piccolino que lo llaman de la oficina y que tiene que ir urgente. Justo tardó media hora en llegar al despacho del Jefe, quien estaba encerrado, hablando por teléfono. Picco entra e inmediatamente le cuenta de las pistas de las cucharitas que estaban en el suelo, orgulloso por su descubrimiento.
Pero durante esos minutos Taborda había ingeniado la mejor forma de zafar de esta situación. Mucha plata le habían dado para que se oculte la fabricación de una antena parabólica de dimensiones exorbitantes en zona prohibida, con capacidades para teletransportaciones. Por esto Taborda, presionado por las quejas de la zona sobre desapariciones de chapa que hacían de materia prima a la antena, había elegido a un tonto para que de vueltas sobre la nada.
-Señor Justo Piccolino, tengo el agrado de comunicarle que la investigación, gracias a su aporte del día de hoy, se da por concluída.
Justo, sin decir nada, volvió a su casa. Tomó en sus manos la hoja donde había escrito el último mensaje, y pensó sobre la frase UN CUCHARÓN GIGANTE, NA. Pobre Justo, estuvo cerca, el mensaje lo decía clarito:
UN CUCHARÓN GIGANTE NA
© Andrea Foco
Con 40 años de carrera, Justo Piccolino estaba harto de los sueldos pobres, de las mínimas migajas que el estado invertía en su persona. No había conseguido ni un solo reconocimiento de su trayectoria, desde sus comienzos en el año 20 como el joven cadete de la comisaría, hasta hoy, febrero de 1960, cuando se desempeña como cadete experimentado en asuntos de la inspectoría. Encima, el pobre Justo sentía un dolor justo en el pecho, que tras consultarlo con el médico del pueblo, éste le dijo que no correspondía con ninguna patología, que era más bien causa de la psicología, esa palabra rara que comenzaba a escucharse en el pequeño poblado. Pero que aún así dejase de fumar.
Ya en su casa, tendido sobre la cama y rodeado del humo del tabaco que encendía uno tras otro, Justo pensó en su vida, en la soledad, en su trabajo monótono, en su estancamiento; y en otras tantas cosas pensaba cuando, de repente, su cuerpo se sacude violentamente, sus ojos giran hacia atrás y su boca comienza a balbucear algunas cosas en un lenguaje indescifrable. Después de unos minutos, Justo vuelve, se podría decir, a la normalidad, toma un cuaderno del cajón de la mesita de luz y comienza a escribir rápidamente, con una velocidad por fuera de lo habitual.
Al día siguiente, cuando Justo llega a la comisaría, su Jefe, el Inspector-Jefe Taborda lo llama a su despacho e invitándole a tomar asiento le dice:
-Tengo que darle una feliz noticia, Sr. Piccolino – le dijo mirándolo firme a los ojos un poco bizcos de Justo- O más bien dos noticias.
-Lo escucho, Señor –dijo Justo con susto y atento al tono de voz que escuchaba por primera vez.
-Bueno, desde hoy, y tras una consideración de su experiencia en la Inspectoría, de su… -Taborda pensó en qué palabra usar- bueno, de su capacidad resolutiva en variados ámbitos, Ud. Señor Piccolino, desde hoy es el “Inspector Piccolino”.
La secretaría que estaba sirviendo el café en ese preciso momento, creyó que lo que sonaba en sus oídos era más bien un chiste, conociendo al viejo Picco y sus problemas, su capacidad inferior, su tartamudeo, sus diálogos alocados… ¿cómo podía ser Inspector, si cada dos por tres se queda dormido en el sillón y comienza a temblar, a decir palabras raras y a escribir como un demente mensajes, que Picco le contó, se los transmiten desde un planeta extraterrestre…? Si el pobre Picco está ahí, porque no puede hacer otra cosa que no sea mandar cartas –pensaba la secretaria-.
-Y la segunda noticia es que –el Inspector Taborda aguardó unos segundos hasta que se retiró la secretaria- tiene una misión que cumplir.
Justo, por más que era tonto, no era tan tonto para no pensar que quizá no estaba a la altura de las circunstancias, pero aún así acepto las dos noticias y comenzó su labor, consistente en descubrir (y eso sí que era importante, no es lo mismo investigar tal cosa que descubrirla) quién es el ladrón de las cucharitas de los bares del pueblo y por qué misteriosa razón se dedica a ese hurto.
Al mismo tiempo, el Inspector-Jefe Taborda, le informa a la Dirección de Inspecciones Generales que ya está en marcha la misión por la que tanto habían reclamados vecinos y lugareños, y que hasta dicha Dirección había presionado para que Taborda apure un poco las cosas para que se resuelva el misterio de las cucharitas.
Durante treinta días, Justo se dedicó a visitar los bares, a hablar con los mozos y cajeras de los negocios y a estudiar la zona. Más de una vez, sin ganas de tomar café, tuvo que hacerlo obligado, no vaya a ser cosa que se le escape algún dato trascendente. En verdad, las cucharas seguían desapareciendo. Sin embargo, Justo se mantuvo al mando de esta operación secreta que su jefe Taborda le había encomendado.
Cada dos por tres, Justo se dormía en los bares y los extraterrestres se comunicaban con él; y por esta razón, pensó que los ladrones utilizaban esos minutos para robar las cucharas e irse disimuladamente. En fin, variadas hipótesis, y no de las más racionales, pasaban por la estrechez deductiva del nuevo inspector.
Llegada la noche, Justo se prepara de cena una sopa de verduras y fideos. En eso estaba cuando de repente sintió entrar en trance otra vez, pero, misteriosamente, esta vez seguía despierto y revolviendo la sopa. Miro dentro de la olla y comenzó a ver como los fideos municiones se disponían de manera especial alrededor de la cuchara que usaba para revolver, de manera que estaba siendo receptor de nuevos mensajes extraterrestres. En seguida, tomo una hoja y escribió LAS CUCHARAS SON ROBADAS PARA HACER UNA CUCHARA MÁS GRANDE, UN CUCHARÓN GIGANTE, NA.
El Inspector Justo Piccolino, alentado por el mensaje de la noche anterior, comenzó a dar vueltas la frase que los extraterrestres (conociendo la misión en que estaba metido) le habían pasado, y dedujo que un “cucharón gigante” sólo podría hallarse en las afueras de la ciudad y le agradeció a “Na” el dato. Buscó en el basurero, en el cementerio y en un campo cuando de repente se quedó dormido. Esta vez directamente un ser de otro mundo lo tomó de las manos llevándolo a unos kilómetros más al oeste. Despierto y agotado por el viaje, Justo observó que a su alrededor había unos tapiales que cercaban alguna construcción. Miró el suelo, y vio unas cucharitas metálicas entre el polvo.
El teléfono del Inspector-Jefe Taborda sonó en la oficina de la comisaría. Al levantar el tubo, la voz del guardia le dice:
-Problemas en zona cucharón, cambio y fuera.
-¿De qué tipo?-pregunta Taborda.
-El sonso de Piccolino se haya en las inmediaciones de la entrada- dijo el guardia.
-¡No puede ser!-gritó Taborda con toda la furia-, ese estúpido no puede llegar ni siquiera al quiosco y encontró el lugar, ¡no pueder ser!, ¡imposible!- siguió gritando.
Al cabo de unos segundos y ya recuperado el aire, el Inspector-Jefe Taborda ordenó que amablemente le digan a Piccolino que lo llaman de la oficina y que tiene que ir urgente. Justo tardó media hora en llegar al despacho del Jefe, quien estaba encerrado, hablando por teléfono. Picco entra e inmediatamente le cuenta de las pistas de las cucharitas que estaban en el suelo, orgulloso por su descubrimiento.
Pero durante esos minutos Taborda había ingeniado la mejor forma de zafar de esta situación. Mucha plata le habían dado para que se oculte la fabricación de una antena parabólica de dimensiones exorbitantes en zona prohibida, con capacidades para teletransportaciones. Por esto Taborda, presionado por las quejas de la zona sobre desapariciones de chapa que hacían de materia prima a la antena, había elegido a un tonto para que de vueltas sobre la nada.
-Señor Justo Piccolino, tengo el agrado de comunicarle que la investigación, gracias a su aporte del día de hoy, se da por concluída.
Justo, sin decir nada, volvió a su casa. Tomó en sus manos la hoja donde había escrito el último mensaje, y pensó sobre la frase UN CUCHARÓN GIGANTE, NA. Pobre Justo, estuvo cerca, el mensaje lo decía clarito:
UN CUCHARÓN GIGANTE NA
© Andrea Foco
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